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domingo, 25 de enero de 2015

Muerte del fiscal Alberto Nisman despierta dudas e indignación en Argentina

 
En el mayor atentado terrorista en la historia de la República Argentina, el 18 de julio de 1994 murieron 85 personas en la voladura de la AMIA (Asociación Mutual Israelita Argentina). El atentado, todavía sin esclarecer, se cree que fue mediante la explosión de un coche bomba (camioneta Trafic) detonado por un conductor suicida. Luego de varias pistas falsas e investigaciones que han sido confirmadas como equívocas, se fortaleció la teoría de que el atentado estaba vinculado a la organización terrorista Hezbollah y a varios funcionarios iraníes.

Desde 1996 el fiscal Alberto Nisman se dedicó a seguir la pista de la investigación que relacionaba al atentado con una venganza contra el gobierno de Carlos Menem por la interrupción de un acuerdo previo de transferencia de tecnología nuclear al gobierno iraní.
 
Durante los últimos años del gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, el Poder Ejecutivo argentino fue fuertemente cuestionado por lo que se comprendió como un acercamiento al gobierno de Irán. Sobre todo con la firma de un acuerdo aprobado por el oficialismo, donde se resolvía que los fiscales argentinos puedan interrogar a diferentes sospechosos en Irán. Este acuerdo (aprobado en el Congreso solo mediante los votos del partido gobernante) fue desestimado por la justicia como inconstitucional y fue interpretado por los medios de comunicación, sectores de la oposición y gran parte de la sociedad civil como un pacto de impunidad.
 
Recientemente, el fiscal Alberto Nisman sacudió el escenario político cuando denunció a la presidente Cristina Fernández de Kirchner, al canciller Héctor Tímerman y a otros funcionarios de gobierno por la existencia de un pacto de impunidad con el gobierno iraní. La denuncia, que incluyó un embargo a la presidente por 200 millones de pesos, señalaba las supuestas pruebas que el Poder Ejecutivo, mediante diferentes enviados, había pactado impunidad por el atentado a la AMIA a cambio de un tratado comercial que intercambiaba carne y cereales argentinos por importaciones relacionadas al ámbito energético. Según Nisman el gobierno argentino tenía planeado conducir nuevamente la causa del atentado hacia una pista falsa, cerrar la sospecha sobre las vinculaciones con Irán y de esa manera celebrar el acuerdo comercial que supuestamente se había pactado entre funcionarios argentinos e iraníes.
 
Estas supuestas evidencias, entre varios materiales, incluían escuchas telefónicas donde, según Nisman, los miembros del gobierno nacional, como el diputado Larroque, quedaban absolutamente expuestos. Estas pistas, según el fiscal fallecido, ocupaban más de 300 CD´s de información. Durante los últimos días el país estuvo en vilo y con todas las expectativas puestas en el lunes 19 de enero, ya que era el día en el que el fiscal se presentaría en el Congreso para mostrar nuevas evidencias, que según anticipó, revelarían la intención del gobierno en liberar a Irán de la responsabilidad del atentado.
 
En los días previos a este lunes donde se realizaría el encuentro en el Congreso Nacional, el fiscal Nisman fue víctima de constantes ataques desde sectores del gobierno y los medios de comunicaciones estatales y afines al kirchnerismo. Buenos Aires hace varios días que amanecía con carteles de tono amenazante en defensa de la presidente con leyendas como "No lo intenten" o "Cristina somos todos" mientras que los voceros oficiales anunciaban que sectores de la justicia buscaban destituir a la presidente en una especie de "golpe de Estado judicial".
 
La presentación en el Congreso, planeada para las 15:00 del lunes 19 de enero de 2015 jamás se realizó ya que el fiscal Alberto Nisman fue encontrado en su departamento del barrio de Puerto Madero con un disparo en la cabeza en la noche del domingo 18. La sensación general durante la madrugada del lunes en la calle y en los medios de comunicación fue que de alguna manera el gobierno había logrado deshacerse de su gran amenaza horas antes de su declaración en el Congreso.
 
En relación a las contrapartes de la FNF, la diputada nacional Patricia Bullrich ha contado con gran notoriedad en las últimas horas ya que como titular de la Comisión de Derecho Penal fue una de las legisladoras que más estuvo en contacto con el fiscal antes de su muerte. Durante la madrugada manifestó que si bien debía ser prudente, que no había notado en el comportamiento del fiscal nada que suponga un posible suicidio horas antes de la presentación de las pruebas que había prometido. En este mismo sentido, Ricardo López Murphy manifestó que sin dudas se trata de un hecho de extrema gravedad institucional y que en lo personal le recordaba a esos "suicidios" que tenían lugar en la Unión Soviética cuando el régimen se deshacía de personas que le resultaran incómodas.
 
Por su parte, la Fundación Libertad y Progreso convocó abiertamente a la ciudadanía a una marcha en repudio por la muerte del fiscal y su director, Agustín Etchebarne, manifestó públicamente que el hecho es la demostración de que Argentina se encuentra gobernada por una "mafia". El sentimiento durante la jornada de ayer en las redes sociales fue de total indignación y solo los medios oficialistas descuentan que se trató de un simple suicidio. Miles de personas salieron ayer a las calles en señal de protesta, se espera que las manifestaciones continúen.
 
Autor: Marcelo Duclos
Fuente: Texto proporcionado por el autor
Foto: Fundación Friedrich Naumann para la Libertad

Los cinco errores de Obama en su nueva política sobre Cuba

En la opinión de Carlos Alberto Montaner

La visita a Cuba el próximo 21 de enero de Roberta Jacobson, secretaria de Estado adjunta de EE UU para el Hemisferio Occidental, encaminada a retomar oficialmente el diálogo con la dictadura de los Castro, será problemática. La diplomática, siempre muy preocupada por los temas de derechos humanos, llega a la isla en una posición muy débil debido a que el presidente Barack Obama entregó previamente todas las bazas de negociación con que contaba Estados Unidos. La señora Jacobson tendrá en su contra, por lo menos, los cinco peores errores de Obama en su nueva política cubana.

Primer error

Suponer que puso fin a una política que no había funcionado. Eso no es cierto. El propósito de liquidar al régimen comunista no existe desde 1964, cuando Lyndon Johnson terminó de un plumazo las operaciones subversivas contra Castro y puso en marcha una estrategia de "contención", en alguna medida similar a la utilizada frente a la URSS, basada en tres elementos primordiales: propaganda, restricciones a las relaciones económicas y aislamiento diplomático.

Eran medidas de guerra fría contra un país que nunca ha dejado de combatir a Estados Unidos. Washington desde entonces no ha tratado seriamente de eliminar al castrismo. En la primera mitad de los noventa, cuando había desaparecido la URSS y el castrismo carecía de aliados, hubiera sido muy fácil ponerle fin a la dictadura cubana, pero a Bill Clinton no le interesaba erradicar el régimen vecino.

Pudo hacerlo, con el apoyo o la indiferencia de aquella Rusia de Borís Yeltsin y su canciller Andréi Kozyrev, cuando Castro desató el "balserazo" en 1994. Pudo hacerlo después en 1996, cuando derribó las avionetas de Hermanos al Rescate y autorizó el asesinato de varios norteamericanos en aguas internacionales. Pero Clinton ni siquiera consideraba a Cuba un país enemigo y se limitó a firmar la Ley Helms-Burton [que establece que cualquier empresa no norteamericana que tenga tratos con Cuba puede sufrir represalias legales].

Cuba le parecía un anacronismo histórico, un fenómeno de Parque Jurásico, pero no estaba interesado en eliminar a ese Gobierno de la faz de la tierra. Entonces prevalecía la idea de que se trataba de una tiranía decrépita que colapsaría con el tiempo. Era, pensaba, una verruga que se caería sola. No había que extirparla.

Tal vez Obama debió decir que cancelaba unas medidas de guerra fría contra un país que había superado ese periodo de la historia, pero ¿cómo explicar que en julio de 2013 detuvieran en Panamá un barco clandestinamente cargado en Cuba con 250 toneladas de pertrechos de guerra? ¿Cómo reclasificar como "país normal" a una nación calificada como terrorista, aliada de las peores tiranías islamistas —Irán, la Libia de Gadafi—, que se confabula con Venezuela, Bolivia, Ecuador y Nicaragua para articular una gran campaña antinorteamericana, como en los peores tiempos de la Guerra Fría? ¿No continúan en Cuba, protegidos por las autoridades, decenas de delincuentes norteamericanos, políticos y comunes?

Cuba no era un exenemigo. Mantenía intacta su virulencia antiamericana.

Segundo error

Cancelar la política de contención sin tener con qué sustituirla. Ni una visión estratégica que defina cuáles son los objetivos que se persiguen. Es obvio que lo que debiera interesarle a Estados Unidos es que en esa isla tan cercana a sus fronteras, y que tantos percances le ha causado, haya un Gobierno democrático, pacífico y políticamente estable, para que no se produzcan espasmos migratorios como los que ya han trasladado al 20% de la población cubana a territorio norteamericano. Costa Rica es un buen ejemplo de ese modelo de nación tranquila latinoamericana que describo.

Asimismo, lo conveniente para todos, y especialmente para los cubanos, es que en Cuba haya una sociedad próspera, desarrollada y amistosa con la cual realizar muchas transacciones comerciales, mutuamente satisfactorias. La tonta "teoría de la dependencia", caracterizada y resumida en Las venas abiertas de América Latina, carece de sentido. Para Estados Unidos, lo preferible es una Cuba rica y sosegada, antes que una Cuba tumultuosa y empobrecida.

¿Se consiguen esos objetivos democráticos y estabilizadores potenciando a una dinastía militar empeñada en el colectivismo, el partido único y la falta de derechos humanos? ¿Se logra fomentar una sociedad rica ignorando que Raúl y sus militares se han dividido el aparato productivo a la manera mafiosa de Rusia? ¿No es obvio que, al no crear instituciones de derecho capaces de absorber los cambios y transmitir la autoridad ordenada, pacífica y democráticamente, esa isla está abocada a nuevas confrontaciones y conflictos a medio plazo?

Obama cree que ha resuelto un problema enmendando las relaciones con Raúl Castro. Falso: lo que ha hecho es aplazarlo. En el futuro próximo se presentarán otras crisis que arrastrarán a Estados Unidos. Así ha sido desde el siglo XIX. Es lo que ocurre cuando no se curan permanentemente las heridas.

Tercer error

El daño hecho a la oposición democrática. Tal vez es el más grave de todos. Durante décadas, el mensaje de los disidentes más acreditados a la dictadura fue muy claro: "Sentémonos a conversar y entre cubanos busquemos una salida democrática. El problema es entre nosotros, no entre Washington y La Habana".

A ese planteamiento —que, con matices, fue el de Gustavo Arcos, de la Plataforma Democrática Cubana, y Oswaldo Payá— el régimen respondía con represión y acusaciones de que se trataba de una maniobra de la CIA. Pero ese desenlace, como en Europa del Este, como en el Chile de Pinochet, como en la Nicaragua de 1990, era el mejor para todos, incluido Estados Unidos, y era el camino obvio para cualquiera que heredara el poder de los Castro, ambos ya en su etapa final por razones biológicas.

No obstante, para lograrlo, Washington debía mantenerse firme y remitir a la dictadura a la aduana opositora, cada vez que directa o indirectamente se insinuaba la posibilidad de la reconciliación. El problema era entre cubanos y debía solucionarse entre cubanos. Esto lo entendieron muy bien Bill Clinton y George W. Bush, los dos presidentes norteamericanos de la era postsoviética, y es lo que irresponsablemente acaba de invalidar Obama, eliminándole a la oposición toda posibilidad de ser un actor importante en la forja del destino de la isla.

¿Para qué hacer reformas democráticas, dirán los herederos de Castro, si ya se nos acepta tal y como somos? ¿No declaró Roberta Jacobson, en nombre del Gobierno norteamericano, que no se hacían ninguna ilusión con respecto a que los Castro permitieran las libertades? A los 13 días exactos de anunciada la reconciliación, el 30 de diciembre de 2014, la policía política cubana detuvo o inmovilizó en sus casas a unas cuantas decenas de intelectuales y artistas que trataban de realizar una performance en la plaza de la Revolución. ¿Cuál es el incentivo que le queda a Washington para inducir el respeto a los derechos humanos, si ya ha hecho la mayor parte de las concesiones unilateralmente?

Lo dijo con toda claridad el alto oficial de inteligencia Jesús Arboleya, diplomático y experto cubano en las relaciones con Estados Unidos y Canadá, respondiendo a una entrevista que le hicieran en El Nuevo Día de Puerto Rico el 30 de diciembre de 2014. El periódico le preguntó si temía a la nueva política de Obama: "¿Por qué, si antes, que tenían todo el poder para imponer sus valores, no les funcionó, les va a funcionar a partir de ahora?".

La dictadura está eufórica. Siente que tiene carta abierta para aplastar a los demócratas sin pagar por ello el menor precio. Obama ha contribuido insensiblemente a debilitar a la oposición.

Cuarto error

De carácter moral. Desde la época de Jimmy Carter, en Estados Unidos se fue generando una doctrina democrática para América Latina. Se planteó la excepcionalidad de la región a los efectos de defender la democracia y la libertad.

Estados Unidos, por razones estratégicas, o por realpolitik, podía no exigirle a China que tuviera un comportamiento democrático, pero de la misma manera que América Latina podía ser declarada región libre de armas nucleares, era factible declararla libre de dictaduras y de abusos contra los derechos humanos.

Este espíritu culminó en la firma de la Carta Democrática Interamericana, suscrita por todos los países del hemisferio en Lima el 11 de septiembre de 2001, el mismo día del ataque de los islamistas a Nueva York y Washington. En el documento se describían los rasgos y comportamientos de las naciones aceptables para formar parte de la Organización de los Estados Americanos OEA. Cuba no cumplía con ninguno de esos requisitos. Era una despreciable dictadura calcada del modelo soviético-estalinista.

De alguna manera, el texto de esa Carta, en la que trabajó arduamente Estados Unidos, ponía fin a la tradición vergonzosa de permanente componenda entre Washington y las peores dictaduras latinoamericanas a lo largo del siglo XX: Trujillo, Stroessner, Somoza, Batista y un largo etcétera. Ya no tendría validez el cínico dictum de "es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta".

Tras la reconciliación entre Obama y Raúl Castro, Estados Unidos vuelve a las andadas. Hace en casa el gran discurso de la libertad, pero lo desmiente en su conducta diplomática. Es verdad que eso es lo que deseaban muchos países latinoamericanos, pero no deja de ser una pena que en las relaciones interamericanas no haya espacio para las consideraciones morales. Estados Unidos ha sacrificado inútilmente su posición de líder ético y ha regresado al peor relativismo moral. Una gran pena.

Quinto error

De carácter legal. Estados Unidos es una república dirigida por los delegados de la sociedad seleccionados por medio de elecciones democráticas. Entre ellos, el presidente es el principal representante de la voluntad popular, pero no el único. Hay un poder legislativo que comparte muchas de las funciones con la Casa Blanca, y existe una Constitución, interpretada por el poder judicial, a la que todos deben atenerse. Como todos sabemos, la esencia de la república es la división de poderes para evitar la dictadura y para obligar a la dirigencia a buscar fórmulas de consenso.

Es posible que las encuestas reflejen que una mayoría de la sociedad norteamericana apoya coyunturalmente la reconciliación con la dictadura cubana —como en 1939 la mayoría apoyaba la neutralidad frente a los nazis—, pero ese dato tiene una importancia relativa. Estados Unidos, insisto, es una república ajustada a derecho y es una democracia representativa. Eso es lo que cuenta y tiene muy poco que ver con las encuestas o con las decisiones asamblearias.

Pues bien: es muy posible que una parte sustancial de los dos años de mandato que le quedan al presidente Obama tendrá que dedicarlos a defender en la Cámara y en el Senado por qué engañó a la opinión pública y por qué engañó a los otros poderes del Estado, diciéndoles, hasta la víspera del anuncio junto a Raúl Castro el 17 de diciembre de 2014, que no haría concesiones unilaterales a menos que la dictadura cubana diera pasos hacia la libertad y la apertura. No fue una maniobra diplomática silenciosa. Fue engañosa.

En las dos Cámaras hay cinco congresistas y tres senadores cubanoamericanos, republicanos y demócratas que tienen una enorme experiencia en el tema. ¿No debió el presidente conversar previamente con ellos sobre su política cubana en busca de opiniones y consejos? ¿No existe la cordialidad cívica en la Casa Blanca? ¿Ni siquiera le merecía ese tratamiento el senador demócrata Bob Menéndez, presidente del Comité de Relaciones Exteriores del Senado?

Es verdad que la política exterior es una prerrogativa de quien ocupe la presidencia, pero los legisladores tienen un claro papel que desempeñar en ese campo y todos sienten que el presidente los ha estafado. Algunos legisladores, además, suponen que el presidente violó la ley y tratarán de demostrarlo.

Lo que Obama piensa que es parte de su legado —tener relaciones plenas y cordiales con una dictadura militar— tal vez se le convierta en una pesadilla. Por lo pronto, es un terrible error en el que no habían caído ninguno de los 10 presidentes que lo precedieron en el cargo. Por algo sería.


Autor: Carlos Alberto Montaner

lunes, 19 de enero de 2015

Si no es ahora, ¿cuándo?

En la opinión de Yesenia Álvarez

Las reacciones al nuevo régimen laboral juvenil dejan serias preocupaciones sobre lo incomprendido que es el camino hacia el desarrollo.
 


En el Perú es apremiante la falta de empleo para los jóvenes que menos tienen. Con una tasa de desempleo juvenil mayor y una alta tasa de informalidad, el gobierno ha optado por impulsar un nuevo régimen que flexibiliza el mercado laboral para que aquellos que no cuentan con oportunidades se vuelvan competitivos. Cuesta creer que una ley de este tipo se dé en el gobierno de Humala y más aún que se haya comprendido la lógica de flexibilizar el mercado laboral. Triste que esta lógica no sea entendida por los héroes de las marchas.

Así como es censurable que el gobierno no se haya tomado su tiempo en comunicar y consultar el sentir ciudadano, lo es también que quienes han salido a marchar lo hayan hecho sin leer la ley y sin reflexionar sobre cómo se forma el empleo. Puede haber buena intención, y siempre es defendible el derecho a protestar, pero cabe recordarles que están marchando de espaldas a quienes realmente necesitan una alternativa para salir de la pobreza.

El propósito de la ley es bajar las barreras de quienes no pueden competir. Entonces, nada más excluyente que las demandas de las protestas que buscan que se mantengan esas barreras. Una protesta que perjudica a quienes busca proteger es paradójica, y una protesta que sacrifica el futuro de otros es hasta cierto punto inmoral. Un mínimo de moralidad exige informarse bien sobre esto: menos barreras, menos costos laborales, menos rigidez representan más opciones para conseguir empleo, mejores sueldos y mejor calidad de vida.

Es claro que una sola ley no resuelve el problema de fondo. Lo óptimo es que tumbemos esas barreras para todos, pero, en un contexto laboral tan rígido y costoso, que vayamos flexibilizando para un sector menos favorecido y que, además, sea temporal es un primer paso en la dirección correcta.

Luego, si no se desmonta la rigidez laboral, esta ley habrá significado muy poco. Ideológicamente es demasiado importante que esta ley prospere, porque, si no se apoya un cambio pequeño como este ahora, ¿cómo se esperan cambios más profundos en el futuro? Esta medida es un buen comienzo hacia la reforma laboral que nuestro país necesita. Si es aceptada, habrá ganado la visión que entiende por dónde va la senda del desarrollo. Si no, otra vez habremos sacrificado nuestro futuro.

Autor: Yesenia Álvarez

“Todos somos americanos”: Estados Unidos y Cuba

En la opinión de Ángel Soto, Profesor de la Universidad de los Andes, Chile
 
 
Falta para ver si el discurso de Obama pasará a la historia como el que abrió las puertas a la normalización de las relaciones y de la democracia en Cuba, o si es uno más de un largo relato que ha tenido un solo perjudicado: el pueblo cubano.
 

 
"Todos somos americanos”, fueron las palabras que este miércoles 17 de diciembre pronunció en español el Presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, en un discurso considerado por muchos como “histórico”.
 
Calificación un tanto apresurada y que quizás responde a un deseo mediático, a una ansiedad universal porque “ocurra algo”, más que a un acontecimiento efectivo que verdaderamente trasciende en el tiempo. Aún queda mucho camino por recorrer, y el discurso de 15 minutos en televisión más bien dejó interrogantes que respuestas, sembrando la incógnita gatopardiana si acaso no es un cambio para que todo permanezca igual, o al menos hasta que los hermanos Castro se mantengan en el poder.
 
Ciertamente que todos nos alegramos que se avance en el diálogo entre ambos países, y aprendemos que a veces es conveniente tener relaciones con países “no democráticos” para no quedar aislados y dar una lucha con mayor legitimidad.
 
Asimismo, se confirma que, tras 50 años, la política norteamericana hacia la isla ha sido un fracaso y las sanciones económicas del bloqueo no tuvieron el efecto deseado. Al contrario, le sirvieron a Castro de chivo expiatorio para explicar internamente el fracaso de sus políticas.
 
También nos alegramos que tanto Alan Gross, el preso estadounidense, como los cubanos Gerardo Hernández, Ramón Labañino y Antonio Guerrero, puedan regresar a sus países a reunirse con sus familias, especialmente tras haber sufrido –en ambos casos- detenciones calificadas como arbitrarias por el Grupo de Naciones Unidas.
 
Pero, ¿qué ganó Estados Unidos en esta negociación? y ¿cuál es la razón del momento para hacerlo? ¿Por qué Cuba ha de querer acercarse a los Estados Unidos?
 
No era necesario un anuncio de este tipo para un intercambio de prisioneros, y tampoco para mantener conversaciones de alto nivel. Por tanto, corresponde mirar otro camino, que en el caso de Obama, debe considerar como factor fundamental que éste no se está jugando la reelección, y para varios expertos, hay algo más que el cumplimiento de una promesa de campaña, sino que es el deseo de “pasar a la historia” como el Presidente norteamericano que abrió el camino a la normalización de las relaciones entre ambos países. ¿Ego personal?, o -como se sugiere- a pesar de su desconocimiento de la región, el Presidente norteamericano estaría pensando en cooptar el mercado latino con conferencias una vez terminado su mandato, dado que Clinton y Blair tienen cooptado el “mercado de universidades europeas y asiáticas”. Aún se recuerdan sus palabras al inicio de su primer mandato, que en temas latinoamericanos señaló que se acabó el tiempo de hablar y comenzó el de escuchar.
 
En el caso de Cuba, puede preguntarse si no es acaso una más de las manifestaciones de oportunismo que han caracterizado a los Castro. Fue el propio Huber Matos el que endosó ese pragmatismo a Fidel, y que en la actualidad, sin la ayuda soviética y con una crisis profunda en Venezuela, les haya llevado a la conclusión de que, con una China y un Irán con problemas internos, sea necesario acercarse a los Estados Unidos para seguir sobreviviendo.
 
Al menos es parte de lo que piensa Jon Perdue, de TFAS en Washington DC, para quien el régimen de Castro ha estado sobreviviendo durante la última década gracias al petróleo venezolano. “Hoy, con los precios del petróleo cayendo en picada y el régimen venezolano perdiendo su capacidad para continuar subsidiando a Cuba, lo último que los EE.UU. debiera hacer es lanzar un salvavidas de ayuda al régimen de Castro mediante la apertura de recursos bancarios y las relaciones comerciales que sólo les servirá a los Castro para seguir oprimiendo el pueblo cubano”. ¿Qué habría pasado si no recibe este salvavidas?
 
Quizás no sirve a los intereses de Estados Unidos empujar a Cuba hacia el colapso, pero ¿qué hará Cuba para que el secretario de Estado John Kerry pueda eliminar al país caribeño de la lista de países que Estados Unidos considera patrocinan el terrorismo?
 
¿Qué ganó la política norteamericana? Ya en el 2009 Obama había levantado las restricciones a los viajes familiares y envíos de remesas a Cuba. Cierto, ahora se ampliarán, pero desde entonces se venían pidiendo al gobierno cubano cambios reales que evidentemente no han existido. Incluso más, en este “histórico discurso” de Obama incluso hay pasajes en los que -podría decirse- el hombre más poderoso del mundo casi peca de ingenuidad al afirmar que “una política de compromiso” puede ser más eficaz que una de aislamiento, cuestión que sería cierta si al frente tuviera a un interlocutor con historial de cumplimiento. No vaya a ser que ambas políticas resulten un fracaso.
 
Obama, como buen basquetbolista, dejó boteando la pelota y se la pasó al nuevo Congreso, de mayoría republicana, que asumirá el 2015, pues dos de los aspectos centrales de esta “nueva relación” deben ser aprobados por el Senado. El primero, nombrar un embajador. Cuestión que requiere de la mayoría del Senado, y ya el senador Marco Rubio anunció que se opondrá sea quien sea el candidato. Y en segundo lugar, la eliminación del bloqueo. Elemento central de las relaciones entre ambos países, especialmente si consideramos que el propio Raúl Castro, en su alocución a los cubanos señaló –y solicitó a Obama- que “esto no quiere decir que lo principal se haya resuelto”, pues debe terminarse con el “bloqueo económico, comercial y financiero que provoca enormes daños económicos y humanos”.
 
Tal como afirmó el analista norteamericano Joseph Humire, Executive Director del Center for a Secure Free Society en Washington DC, Cuba, a pesar de su pobreza económica, ha tenido (y tiene) mucho poder e influencia en Latinoamérica y este episodio la legitima aún más. En su opinión, cualquier negociación implica conciliar intereses comunes, y en este caso no es claro qué es lo que ganó la política de EE.UU.  ¿Es parte de un plan para cerrar Guantánamo el próximo año? Incluso más, señala Humire, hasta aparece casi contradictorio, pues hace poco la Casa Blanca anunció sanciones a Venezuela y ahora se relaja con Cuba. Una decisión que  obedecería a la visión personal de Obama, más que a la política de estado norteamericana.
 
Sí, “todos somos americanos”, y tal como afirmó en su editorial The New York Times, la decisión de Estados Unidos y Cuba de restablecer sus lazos diplomáticos cierra “uno de los capítulos más equivocados” de la política exterior estadounidense. Pero aún falta para ver si este discurso pasará a la historia como el que abrió las puertas de la normalización de las relaciones y de la democracia en Cuba, o si es uno más de un largo relato que ha tenido un solo perjudicado: el pueblo cubano.
 
 
 
Texto proporcionado por el autor.
 

La Normalización

En la opinión de Carlos Alberto Montaner

Barack Obama ha comenzado la normalización de las relaciones con la dictadura cubana. Es lo que le pedía el cuerpo. En su discurso y en sus planteamientos ha ido mucho más allá de lo que se podía prever. Al fin y al cabo, como dijo en su alocución, él ni siquiera había nacido cuando el presidente John F. Kennedy decretó el embargo en 1961. Era un pleito que lo dejaba indiferente. Supongo que hasta lo aburría.


Para mí no hay duda de que se trata de un triunfo político total por parte de la dictadura cubana. En La Habana están eufóricos. Washington ha hecho una docena de concesiones unilaterales. Cuba, en cambio, se ha limitado a farfullar unas cuantas consignas.

Es verdad que Raúl Castro ha puesto en libertad a medio centenar de presos políticos y ha liberado a Alan Gross a cambio de tres espías. Pero sólo este año ha detenido a más de dos mil opositores y ha aporreado a cientos de ellos, y muy especialmente a las sufridas "Damas de Blanco".

En realidad, Obama no había cambiado antes la política cubana por razones electorales. Ese es el factor esencial en la esfera pública. Manda su majestad la urna. Esperó al término de las elecciones parciales de su segundo mandato –las últimas en las que participaría su partido durante su presidencia-- y a que el senado entrara en receso. Entonces actuó.

Una de las pocas ventajas de ser un lame duck es que no se paga un precio electoral. Por lo menos no lo paga el presidente en funciones, aunque a lo mejor tiene que abonarlo el candidato de su partido en los comicios posteriores.

Al Gore –por ejemplo—nunca le perdonó a Bill Clinton el tipo de solución que le dio al caso del niño balsero Elián González. Perdió Florida por 536 votos –los cubanos votaron mayoritaria y furiosamente en su contra-- y en ese estado se liquidaron sus sueños de llegar a la presidencia.

Previamente al discurso de Obama y a su cambio de política, The New York Times había ablandado a la opinión pública con un bombardeo de siete editoriales consecutivos en los que solicitaba lo que inmediatamente se iba a conceder.

No era la influencia de la prensa sobre la Casa Blanca. Era al revés: era la influencia de la Casa Blanca sobre la prensa para lograr objetivos políticos. En esos editoriales estaba la hoja de ruta del cambio de la política norteamericana con relación a Cuba. Ahora se entiende la campaña del NYT. No era buen periodismo. Eran buenas relaciones públicas.

Los argumentos de Obama para revertir la estrategia política seguida por una decena de presidentes republicanos y demócratas previos fueron principalmente dos: primero, no ha dado resultados, y, segundo, Estados Unidos mantiene relaciones con países como China y Vietnam. Dos dictaduras nominalmente comunistas.

En cuanto a los resultados del embargo contra el régimen cubano, no es eso lo que sostiene el gobierno de los Castro. La Habana afirma que el embargo, originado por la confiscación sin compensación de las propiedades norteamericanas en la Isla, les ha costado miles de millones de dólares.

Por otra parte, lo cierto es que, desde que Kennedy puso en marcha el embargo, esa operación de castigo, si bien no sirvió para que Cuba compensara a los legítimos propietarios, ni para derrocar al régimen, fue útil para que ningún otro país latinoamericano se atreviera a confiscar sin pago empresas norteamericanas, mientras (alegan algunos estrategas) contribuyó a que la Isla se viera obligada a reducir sus fuerzas armadas a la mitad tras la debacle soviética en 1991.

Es irrebatible que Estados Unidos tiene relaciones plenas con China y Vietnam, de donde Obama, como mucha gente, deduce que debía tener buenos vínculos con Cuba, pero la premisa es muy discutible y está basada en una visión pragmática de las relaciones internacionales en la que no intervienen los juicios morales.

Si ése es el caso, ¿por qué no tener relaciones normales con Siria si las tienen con Arabia Saudita, que es otra tiranía islámica? ¿Por qué no tratar con indiferencia al Califato (ISIS) que ha surgido en un rincón de Siria y hoy hace metástasis por todo el Oriente medio? ¿Que Siria y el califato matan y atropellan? En China y en Vietnam también matan y atropellan. En rigor, desde la perspectiva estrictamente pragmática, ¿qué le importa a Estados Unidos que los talibanes sean una banda de asesinos si los muertos ocurren en una zona alejada del mundo?

Hay una regla de oro de la ética que Obama ha olvidado: donde quiera que se pueda sostener la coherencia entre la conducta y los principios, hay que hacerlo. Uno puede entender que es sensato tener relaciones normales con China, un gigante demográfico y nuclear, porque las consecuencias de defender los principios puede llevarnos a la catástrofe. Lo mismo sucede con Arabia saudita y su maldito petróleo, pero en Cuba es diferente.

En Cuba, Estados Unidos podía evitar la disonancia moral porque la Isla, violadora pertinaz de los derechos humanos, enemiga a muerte de Estados Unidos al extremo de pedirle a la URSS el exterminio nuclear preventivo del país vecino, que ya ha vertido el 20% de su población dentro del territorio norteamericano, no tiene la menor significación demográfica o económica y era posible casar coherentemente los valores y los comportamientos.

Durante todo el siglo XX, con razón, muchos latinoamericanos criticaron a Estados Unidos por tener buenas relaciones con dictadores como Stroessner, Pinochet, Batista, Trujillo o Somoza. Entonces se decía que era una total hipocresía de Washington invocar los valores de la libertad y la democracia mientras tenía relaciones estrechas con los opresores de sus pueblos.

Como consecuencia de ese reclamo, el 11 de septiembre del 2001, mientras ardían las Torres Gemelas, se firmó en Lima la Carta Democrática de la OEA, un documento impulsado por Estados Unidos en el que se perfilaban todos los rasgos que debían tener las naciones del continente para ser consideradas, realmente, democráticas.

De cierta manera, esos eran los rasgos de la normalidad democrática. Obama, que cita el documento, acaba de traicionar su esencia. Ha normalizado las relaciones con Cuba, pero al precio de volver a la nefasta política de la indiferencia moral en América Latina. Esa disonancia es una desgracia.

Fuente: Texto proporcionado por el autor
Autor: Carlos Alberto Montaner

lunes, 12 de enero de 2015

Escribo tu nombre, libertad


Escribo tu nombre, libertad

El atentado de París según el liberalismo

 

Héctor Ñaupari[1]

 

En estos difíciles momentos, cuando el olor de la pólvora y la sangre del aberrante atentado de París no se han disipado del todo, resulta indispensable hallar una respuesta enérgica ante la brutalidad de este crimen, así como aliviar las repercusiones que este nefasto hecho tendrá en occidente.

 

Sostengo que es posible evaluar con realismo la magnitud de estos homicidios si consideramos a la libertad como el bien político más elevado, y explicar debidamente su significación en los términos de su expresión intelectual más acabada, el liberalismo. De esta manera, los periodistas y caricaturistas asesinados en Francia han muerto en nombre de una libertad insustituible, que nos interpela siempre a quienes habitamos en las sociedades generadas y nutridas por ella: la de creer lo que mejor les parezca, realizando sus proyectos de vida en torno a esas creencias y pareceres particulares, y que se proyectan en los demás en torno a un marco institucional que, respetando y haciendo respetar al prójimo y sus derechos, no contempla el crimen como respuesta si tales creencias y su expresión resultan blasfemas a otros.

 

Así explicado, se intuiría a primera vista que esa visión no entraña ningún peligro. Pero este acto barbárico nos ha sacado de nuestra zona de confort. Cual un alarido que no cesa, nos grita de forma rotunda que la libertad y su solo ejercicio es peligrosa para muchos, que hay millones de seres humanos convencidos de ello y por ende prefieren –sin dudarlo un instante– la devota sumisión como la agradecida esclavitud, que no surge naturalmente, que es resultado de un delicado y paciente trabajo de filigrana, que en cada momento es posible perderla sin recuperarla o lográndolo a un altísimo costo y que está permanentemente a merced de quienes, saturados como están de sus ímpetus autoritarios, van a terminar de una vez y para siempre con ella mediante una revolución, un golpe de Estado, una corrupción sin freno ni límite, o, según este caso, ejerciendo el terrorismo como antesala para imponer un totalitarismo religioso de fervorosos feligreses en lo que alguna vez fuera una república democrática de ciudadanos libres.

 

En cuanto es un disparo a sangre fría al corazón de nuestra libertad, rechazar enérgicamente este acto vesánico es el primero de muchos pasos para garantizar la supervivencia del estado de derecho y el régimen democrático en nuestros países. Y no sólo los deben dar los gobiernos que garantizan nuestra vida y seguridad, persiguiendo, enjuiciando y encarcelando con el máximo rigor a quienes, como los terroristas de París, tienen como propósito de vida destruirnos si no comulgamos con su proyecto teocrático. También, las empresas, los medios de comunicación, los líderes y organizaciones sociales y culturales, entre otros, que no deben ser presas del pánico y autocensurarse por temor a la violencia islamista: se volverían rehenes de estos extremistas, acabarían con la libertad de expresión que tanto costó en occidente, y que millares han respaldado en calles y plazas estos días, pero sobre todo deshonrarían el legado de los redactores y caricaturistas de Charlie Hebdo, quienes cumplieron cabalmente con la frase que Cervantes le hace decir al Quijote: “por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres”.

 

Finalmente, este atentado debe constituir el parte aguas definitivo para los musulmanes de Francia y del mundo que seguramente ansían la paz y vivir según el modo de vida occidental, de rechazar este crimen y distinguirse de una vez de los grupos terroristas que merecen toda la severi­dad penal y militar que corresponda. Su cada vez más peligroso silencio incrementa los temores del resto de la sociedad civilizada, alimenta los votos y los argumentos de los nacionalistas europeos y de otras latitudes que harán lo indecible para expulsarlos de sus países, y justifica, en particular, la desconfianza de que el Islam inicie un proceso de secularización como lo han hecho otras religiones. Así, para poder convivir civilizadamente, católicos, musulmanes, ateos, todos, como en el poema de Eluard, debemos escribir tu nombre, libertad, para realizarla y ejercerla. Ojalá así sea.

 

 

Lima, 8 de enero de 2015.



[1] Escritor, poeta y abogado peruano. Ex Presidente de la Red Liberal de América Latina. Autor de Sentido liberal y otras publicaciones.